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Una vez nos sorprendió la lluvia a mitad de la ruta del Hoyo 8
(cerca de casa). No importaba donde quisiéramos ir nos
ensoparíamos. Así que decidimos continuar corriendo la ruta, pero
como estábamos casi al final de ella, decidimos correrla al revés.
Aunque ya lo sabíamos, no es lo mismo decirlo que vivirlo, las
rutas que se corren al revés se sienten como si fuera una totalmente
nueva. Una concentración total fue necesaria pues sentíamos el
temor de resbalar en las rocas o en las raíces en una ruta que se
distingue principalmente por ellas. Sorpresivamente no pasamos casi
ningún susto o percance.
El sonido de nuestra respiración y el de
las gomas sobre el camino eran acompañados por el murmullo que nos
llena de calma de las gotas de lluvia chocando sobre las hojas en lo
alto del dosel, el que servía como un gran paraguas. Si han caminado
en un bosque mientras llueve, es algo que se siente bien diferente.
Uno escucha la lluvia en lo alto de los árboles pero las gotas se
tardan en caer y cuando caen, caen bien separadas unas de las
otras. Estas son gotas bien gordas, como de a peseta… pero como una
peseta ya no vale nada… pues de a peso! Una sola de esas gotas te
moja la cabeza completa. Al estas caer sobre mi cara recogían la
sal del sudor y llegaban hasta mis ojos y ardía como loco. Fueron
muchas las ocasiones en que tuve que parar para tratar de aliviar el
ardor en los ojos, el que no me dejaba ver. Imagínense uno ciego
por un sigletrack casi del ancho del manubrio y bien mojado. Lo
único que me consoló es que a mis Panas le pasaba lo mismo. Correr
la ruta al revés y la lluvia hizo que el recorrido fuese uno bien
especial para mí. Pero cuando al fin terminamos la ruta y llegamos
a la carretera uno de mis panas se viró y nos miró con cara de
sorprendido! Me pregunté qué carajo nos va a decir este ahora… y lo
que salió de su boca fue: ¡Que momento tan especial!”. Lo que lo
hizo más especial todavía.
Pero para mí no terminaría de serlo, había algo más,
siempre hay algo más. Mientras subíamos la última cuesta en la
carretera, la que lleva al lugar donde teníamos estacionados los autos,
escuché a una viejita gritándonos algo que yo no podía entender.
Pensé “los que nos faltaba, una vieja loca”. Pero miré bien y pude
notar que era una viejita, bien viejita y bajita. Medía cómo cuatro
pies de estatura y su cara estaba toda llena de arrugas. Ella nos
gritaba desde la reja de su balcón con cara de sorprendida. En la
casa siguiente había también un viejito con sombrero y todo, en
camiseta de manguillos. Este tendría más o menos la misma edad que
la señora y también nos gritaba desde su balcón. Se me parecieron a
esos viejitos bien de campo, de los tiempos bien de antes, del
tiempo de nuestros abuelos. Los miré con los ojos bien grandes y
cuando me acerqué al fin pude entender que estaban diciendo. La
señora nos gritaba muy inocentemente y de corazón “no se mojen que está lloviendo
y se van a enfermar”. El viejito nos decía… “porqué se están
mojando?, no se mojen!, por qué hacen eso?”. Ellos no podían
entender porque unos hombres ya adultos estaban corriendo bicicleta
y mojándose, pudiendo enfermarse. Lo único que se me ocurrió
decirles fue “es que nos gusta hacerlo” o mejor aun “es que hay
gustos que merecen palos”. Pero definitivamente el gusto de hoy no
merecía palos, solo les sonreí, les dije adiós y pensé en la
inimaginable
brecha generacional que nos separa. Pensé en la gente buena de
campo, en mis abuelos y lo especial del día de hoy! Y me alejé
pedaleando en el Monito y sufriendo la cuesta!
Saludo Tipo Sammy Sosa !!!!!
JGRR
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